
En muchas pymes hay una decisión que nunca llega a ponerse encima de la mesa:
Reconocer que, en determinado momento, dirigir también implica necesitar ayuda externa.
No por incapacidad ni por desconocimiento.
Sino porque el crecimiento introduce complejidades que no siempre se pueden ordenar desde dentro.
Pero ahí aparece algo que rara vez se menciona en los comités de dirección:
El ego
Porque para muchos propietarios que además dirigen su empresa, pedir ayuda fuera no es solo una decisión técnica.
Es una decisión simbólica.
Implica aceptar, aunque solo sea internamente, que:
- No todo está bajo control
- No todas las decisiones están siendo clarasO
- O que el criterio que funcionó hasta ahora empieza a quedarse corto
Y eso tiene un coste que no aparece en ningún Excel:
El coste reputacional percibido.
“¿Qué pensarán los clientes si saben que hemos traído a alguien de fuera?”
“¿Y los proveedores?”
“¿Dará sensación de que algo no va bien?”
“¿Van a creer que no sabemos gestionar nuestra propia empresa?”
En entornos donde la confianza lo es todo,
donde la solvencia se proyecta también desde la seguridad del liderazgo,
reconocer que necesitas contraste externo puede vivirse como una grieta.
Y entonces el ego empieza a tomar decisiones… sin decir su nombre.
Se alargan los análisis, se piden más datos, se espera “al momento adecuado”,se protege la imagen…
mientras se posponen decisiones que ya están maduras.
No porque falte capacidad para tomarlas,
sino porque admitir que alguien de fuera pueda ayudar a ordenarlas
se percibe como una amenaza a la posición que se ocupa.
Acaba siendo resistencia.
Lo que empezó siendo prudencia Y lo que podría haber sido una revisión estratégica a tiempo
se convierte en meses de ejecución sin convicción.
Porque a veces el mayor riesgo no es equivocarse al decidir,
sino negarse a revisar cómo estamos decidiendo
por miedo a lo que eso pueda decir de nosotros.
Porque en muchas ocasiones,
lo que acaba matando a una empresa no es el mercado,
ni la competencia,
ni siquiera una mala decisión.
Es el momento en el que el ego de quien dirige
pesa más que la necesidad de decidir con criterio.
Y cuando proteger la imagen se vuelve más importante que revisar la realidad,
la empresa deja de avanzar…
aunque todo, desde fuera, siga pareciendo que va bien.
Liderar no es proteger del malestar
Un error habitual es pensar que liderar consiste en mantener la calma a cualquier precio.
Reducir tensiones.
Suavizar mensajes.
Evitar choques.
Porque lo que muchas veces se protege no es la empresa,
es la identidad de quien la dirige.
Durante años, esa persona ha sido quien ha tomado las decisiones difíciles,
quien ha sacado adelante proyectos imposibles,
quien ha sostenido el negocio cuando no había margen de error.
Y en ese recorrido, reconocer que ahora hace falta contraste externo
puede vivirse como una pérdida de autoridad…
cuando en realidad es una forma de protegerla.
Pero el ego no suele entender de matices.
Prefiere sostener certezas pasadas antes que revisar si siguen siendo válidas hoy sin entrar en el proceo
Y mientras tanto, la empresa crece, el contexto cambia,
las decisiones se vuelven más complejas…
y el criterio que antes funcionaba empieza a quedarse pequeño.
La solución no pasa por dirigir menos,
sino por aceptar que hay decisiones que necesitan contraste para poder tomarse a tiempo.
Porque pedir ayuda externa no debilita el liderazgo.
Lo ordena.
Y cuando el ego deja de proteger la imagen
y empieza a proteger el criterio,
la empresa vuelve a decidir con claridad…
antes de que decidir tarde tenga más coste que decidir acompañado.
ADN Agencia de Negocio. El éxito está en las persona
Si quieres profundizar más en el tema aquí te dejamos más contenido
• Mediación: El ego, una bar/rera para el triunfo empresarial
• Garrido Mentoring: Subordinar el ego a las necesidades empresariales

